domingo, 21 de abril de 2019

Crítica - Vengadores: Infinity War (2018,Joe Russo, Anthony Russo)

Póster de la tercera entrega de la saga Vengadores
Hace una década, la llegada de Iron Man a los cines no sólo hubo de suponer el inicio de este Universo Cinematográfico de ambición desmedida: también, al ser precedida en cuestión de meses por el estreno de una película llamada El caballero oscuro, condujo a la consolidación de todo un género cinematográfico, y de una fiebre que no ha remitido en todos estos años. De hecho, sólo se ha intensificado, y así sucede que Vengadores: Infinity War termina siendo un film menos decisivo de lo que parece. ¿El gran 'crossover'? Sí, bueno, pero su raíz es la misma que cimentó Los Vengadores de Joss Whedon. ¿El gran final? Como que tampoco, porque aún queda Vengadores 4, y una interminable sucesión de fases y ‘spin-offs’ en el horizonte. Así las cosas, es poco probable que la película de Anthony y Joe Russo vaya a cargarse las películas de superhéroes, o a echar a perder los planes de su directiva, pero sí cabe la posibilidad de que, finalmente, un film de Marvel haya dejado al descubierto los motivos por los que, algún día, en un futuro acaso lejano, les vayan a cerrar el chiringuito.

Para empezar está lo obvio, y es que por mucho que te hayas esforzado en construir héroes y relaciones entre héroes a lo largo de decenas de películas independientes, dos horas y media se revelan escasas —en serio— para darles cobijo a todos y preservar una mínima parte de su entidad. A Whedon no acabó de dársele mal, al menos la primera vez, pero es que el MCU ha cambiado mucho desde entonces. Sobre todo, en términos demográficos, e Infinity War toma una decisión al respecto con rapidez: en su mismo y apabullante inicio, nada menos, cuando deja claro que aquí no hay sitio para la reflexión o los arcos dramáticos. Los personajes que nos han acompañado en todas estas películas han venido a luchar o a morir, y por ello su psicología sólo habrá de servir para dar pie, bien a la acción, bien a las réplicas desigualmente ingeniosas. ¿Y funciona? Especialmente bien en el caso de un Spider-Man (Tom Holland) que siempre se las apaña para ser lo mejor de sus películas, estén o no protagonizadas por él, y especialmente mal en el caso de la plana mayor de nuestros amados Guardianes de la Galaxia. Y no por nada, sino porque la caracterización de éstos había sido tratada con un mimo extraordinario en el díptico de James Gunn, y en Infinity War no puede haber favoritismos. Es imposible, los queremos demasiado a todos, y todos son, simplemente, demasiados.
Aún así, Infinity War sí que le concede ese privilegio a un personaje, y éste es el tan esperado Thanos (Josh Brolin). Los guionistas comprenden que sólo su carisma puede justificar lo épico de la reunión y lo supuestamente definitivo de su amenaza, y se esmeran en un retrato que trate de huir de los maniqueísmos o los lugares comunes… sin que la particular naturaleza de la película acabe por permitirlo tampoco. Por un lado, porque son muchos Vengadores para un solo villano —aunque una de las set pièces más apañadas consista en un seis contra uno que da gloria verlo—, y esta desventaja numérica ha de devenir forzosamente en el mayor y más sofisticado despliegue de masillas vistos en pantalla desde la debacle Chitauri. Y por otro, porque es muy difícil realizar introspecciones personales si la práctica totalidad de metraje de Infinity War le pertenece a una batalla, o a Vengadores reaccionando cómicamente a esta batalla. Thanos no es un personaje cómico. En realidad, es el tipo menos divertido que ha pisado nunca el MCU, y eso no implica necesariamente que sea un gran villano, o que pudiera haberlo sido en cualquier otra película, si le hubieran dejado tiempo.

Infinity War está tan atiborrada que a nadie le está permitido respirar a lo largo de su desarrollo, y por fuerza ha de recurrir a una huida hacia adelante que, plenamente consciente de que en cualquier momento todo puede venirse abajo, trata de aturdir al espectador e hipnotizarlo con un desquiciado barroquismo que consigue sus mejores resultados según se acerca el desenlace. Es entonces cuando, al más puro estilo de El imperio contraataca —referente inseparable de su espídico entramado narrativo—, más nítida se revela la sensación de que nuestros héroes nunca se han visto en un aprieto semejante, e Infinity War consigue validar una apuesta de la que era realmente difícil salir conservando la dignidad.

Sobre todo, porque el pico emocional de esta macrosaga que pretende culminar ya fue alcanzado recientemente, en Capitán América: Civil War, también dirigida por los hermanos Russo. Un film donde los conflictos más dolorosos no procedían de villanos temibles antecediendo otros villanos más temibles aún, sino que brotaban de los propios protagonistas, de esos personajes que empezamos a conocer y a admirar hace ya diez años. El Universo Cinematográfico de Marvel sólo seguirá vivo si vuelve a recordar que la clave son ellos, y no el número en el que se presenten.

Crítica- Los Vengadores (Joss Whedon,2012)



Póster promocional de la primera película de Los Vengadores


Sería fantástico que el cine fuera exactamente lo que propone 'Los Vengadores': un espectáculo expositivo, nítido, emocionante, sin preocupaciones que valgan. Y es que lo buscaba (y ha encontrado) Joss Whedon no se diferencia tanto de los logros obtenidos por Akira Kurosawa cuando realizaba 'Los siete samuráis' (1954) o 'Barbarroja' (1965): un modelo cinematográfico que aspirara a la épica dramática a través del entretenimiento inteligente (aunque suene snob, al menos no queda tan mal como decir "entretenimiento adulto", que suena a cine porno). Aunque quizás convendría matizar la frase de apertura de esta crítica: el cine, en realidad, puede ser lo que le venga en gana; de hecho, tal es su grandeza, que el cine puede dejar de ser cine y aún así seguir siendo deslumbrante. Pero claro, esos son otros mundos, seguramente paralelos; pues al igual que los Ultimates de Marvel son los gemelos bergmanianos de los Vengadores creados por Stan Lee y Jack Kirby en 1963, esta 'Marvel: Los Vengadores' podría ser -permítaseme la filigrana antitética- la versión infográfica estilizada (en clave mainstream) de todos aquellos westerns -de 'Fort Apache' (1948) a 'Grupo salvaje' (1969)- y películas bélicas -de 'Objetivo: Birmania' (1945) a 'Doce del patíbulo' (1967)- donde un grupo de inadaptados se dejaban la piel (y la vida) en una última batalla destinada, por encima de todo, a salvaguardar su honor, a buscar algo de sentido a su vida. 

No era tarea fácil. Los marvelófilos han visto repetidamente como un material de base de lo más potente se diluía en títulos previsibles, desmañados, cómicos a su pesar (y pienso tanto en las películas de los Cuatro Fantásticos, como en el cierre de la trilogía de la Patrulla X y las películas-chufla que nos brindaron personajes tan emblemáticos como el Motorista Fantasma o The Punisher). La cosa mejoró con la llegada del 'Iron-Man' (2008) de Jon Favreau -cuya mirada irónica sobre el personaje no dejaba de abordar las complejidades de un súper héroe alcohólico, mujeriego e irresponsable- e incluso de la minusvalorada 'El increíble Hulk' (2008) de John Leterrier -la industria ha borrado del mapa el pésimo recuerdo económico que dejó la versión en clave melodramática firmada por Ang Lee: ahora, yo soy fan a muerte de ese Hulk de ojos tristes que fue Eric Bana, probablemente la película de súper héroes con menos acción de la historia del cine. Una buena racha que se confirmó tanto con la delirante versión de 'Thor' (2010) que nos ofreció un Kenneth Branagh pasado de rosca en cuanto a lo kitsch y a lo shakespeariano -la apuesta era tan loca que acababa funcionando-, como con esa delicia pulp que es 'Capitán América. El primer vengador' (2010) donde Joe Johnston logra dar nuevo sentido al revival vintage que azota la cultura (¡y la moda!) desde hace ya unos años. Cuatro estilos bien diferentes de entender el mundo del espectáculo que han decidido confluir en 'Marvel: Los Vengadores', por obra y gracia de Joss Whedon (el director también es coautor del guión), en la action movie definitiva, lo mejor que nos puede ofrecer un blockbuster americano a día de hoy. 


Y es que la ligereza por la que discurre la dramática de 'Los Vengadores' es la clave para poder disfrutar sin ambages de la pirotecnia espectacular que la trama nos ofrece. Es como si Whedon hubiera mirado a JJ Abrams (el manejo expeditivo y nítido de la acción es muy similar al de la extraordinaria 'Star Trek' (2009)) y a Steven Spielberg antes que a Christopher Nolan y a David Fincher -que nadie se espere una película de las capas y la complejidad de 'El caballero oscuro'-, aquí nos movemos con los pies flotando en el aire y la cabeza totalmente despejada. El espectador de 'Los Vengadores' estará de enhorabuena: su desconexión del mundo real será absoluta, va a estar sometido ciento cuarenta minutos a las imágenes más atractivas que, a día de hoy, pueda dar el cinematógrafo -esto no es la pastelería de 'Avatar' ni tampoco el after de 'Tron: Legacy'-, de hecho, va conseguir que sus gafas de pasta tiemblen imperceptiblemente cuando vean a Hulk salvar de la caída al vacío a Iron Man y será entonces cuándo uno se de cuenta de que ha logrado emocionarse viendo una película donde gente adulta muy bien pagada va vestida con ridículos disfraces mientras declina frases sobre la nada y el todo con tanta gracia como elegancia.

Todas estas alabanzas han de entenderse en el contexto que se presentan. 'Los Vengadores' cumple al cien por cien sus expectativas dando mil vueltas a todo ese barullo de formas borrosas e inconexas que se presentan como grandes películas de acción -de los 'Transformers' (2007) de Michael Bay a la 'Ira de Titanes' (2012) de Jonathan Liebesman- y acaban siendo un cúmulo de secuencias altisonantes tremendamente aburridas. 'Los Vengadores' no será perfecta, de hecho, su arranque es más bien tibio, sólo animado por las chanzas de Robert Downey-Iron Man y el estilazo que destila Tom Hiddleton, un grandísimo Loki (a ver quién podría resultar creíble llevando esos cuernos). Por suerte ésta va de menos a más, de cero a cien, de cien a mil, de mil a un millón. Pues lo dije entonces y lo repito ahora: la secuencia final donde se relata la batalla en Nueva York frente al ejército marciano invasor -cuya duración rondará los tres cuartos de hora- es más potente que todas las películas anteriores de Marvel juntas (y eso que soy muy fan de 'Spider-Man 2' (2004))


Crítica- Los Vengadores: La Era de Ultrón (2015, Joss Whedon)



Póster promocional de la segunda entrega de la saga Vengadores
Era difícil que Vengadores: La era de Ultrón decepcionara. Por muchas razones: porque la construcción del universo cinemático Marvel tiene enganchados a los fans con una fidelidad exacerbada, similar a la de todos aquellos que viven pegados a las series de TV, llámese Juego de Tronos, The Walking Dead o, claro, Marvel: Agents of S.H.I.E.L.D.; porque Marvel está en una espiral, especialmente en esta segunda fase que finalizará con Ant-Man el próximo agosto, de producción de títulos donde la espectacularidad no sólo no está reñida con la calidad, sino que apela continuamente tanto a la sensibilidad como a la inteligencia y al sentido del humor del espectador medio –ya no sólo a los marvelitas o a los adictos al cine superheroico-; porque su deuda con el cómic de base cada vez está mejor resuelta y resulta tremendamente entrañable/estimulante (algo de lo que sí adolecían los primeros títulos de la franquicia), en el caso que nos ocupa es inevitable recordar tanto al Ultrón (¡y a La Visión!) de Roy Thomas y Sal Buscema como al desorbitante sentido del espectáculo de los Ultimates de Mark Millar y Bryan Hitch; y, bueno, no nos engañemos, porque detrás de todo este asunto, tenemos tras las cámaras a un señor como Joss Whedon, un cineasta que habla al espectador de fan a fan, alguien que conoce a la perfección tanto los entresijos del papel –recordemos que escribió una maravillosa saga para los Astonishing X-Men de la mano de John Cassaday- como de la cultura popular –él mismo es creador de todo tipo de artefactos (televisión, cine) de culto: Buffy cazavampiros, Firefly… hasta el guión de Toy Story cuenta con su firma- y que, como demostró en otro contexto en la maravillosa La cabaña en el bosque, es capaz de tergiversar las normas conocidas del género para crear un producto que, sin dejar de jugar con todo tipo de guiños y referencias cruzadas, siga resultando sorprendente y novedoso pese al abuso de títulos de temática superheorica que, cada vez con más frecuencia (y mientras la taquilla siga dando buenas cifras, no tiene pinta de parar) acaban aterrizando en nuestra gran pantalla.
 
Era difícil, repito, pero no imposible. Whedon se enfrentaba al desafío de ofrecer algo más grande (y mejor), ya no que Los Vengadores, sino que cualquier otra película realizada por Marvel hasta la fecha –y eso, claro, incluye a ese magnífico chute pop que fue Guardianes de la galaxia-. Más personajes en rol de protagonista –de hecho, no hay un personaje que vehicule la trama, sino que siempre nos movemos en grupo, con un balance protagónico entre los distintos miembros del equipo que, por complejo, es realmente encomiable que se consiga (incluso en los cómics, donde hay más espacio para desarrollar tramas)-, un mayor número de escenarios con sus correspondientes escenas de acción: aquí quedarán para el recuerdo la pelea a puñetazos (y más) entre Hulk e Iron Man (rivalizará a final de año como mejor pelea del 2015 junto a la de Dominic Toretto y Deckard Shaw en Fast & Furious 7) y, en definitiva, una mayor intensidad dramática repleta de escenas de acción de lo más estilizado –dentro de los parámetros del género- y un variado germen de conflictos que sirven como semillas para el futuro más o menos inmediato (todos los personajes encuentran, en un momento u otro, una razón para seguir evolucionando en secuelas nada hipotéticas). Normal que Vengadores: La era de Ultrón arranque con un primer plano secuencia que rivalice en potencia, espectacularidad y funambulismo con el ibídem de la batalla de Nueva York del primer film donde se seguía a todos los superhéroes sin que (en apariencia) hubiera ningún corte en el plano. Es como si Whedon estuviera diciendo que lo mejor de la película anterior aquí ya lo tienes en los primeros cinco minutos, así que agárrate fuerte para lo que viene a continuación. Se cambia el algoritmo, ya no va de menos a más –la principal tara de la primera película-, sino de más a mejor.



 La fórmula sigue viva: de la épica de la gesta prototípica de la action movie se pasa a la tragedia íntima sin desdeñar nunca su puntito de comedia mediante todo tipo de punch-lines –hasta Ultrón tiene cierta sorna; aunque lo más divertido gire siempre alrededor del martillo de Thor- e, incluso, algún que otro devaneo romántico, no por esperado menos apetitoso. Así que es normal que resulte sorprendente que todo fluya con tanta naturalidad, buena prueba de lo bien engrasadas que están todas las tuercas high tech de este blockbuster bigger than real life, cuyos picos –ojo a la Bruja Escarlata (y a la puesta en escena que Whedon le brinda)- compensan sobradamente algún que otro gesto más extraño –no parece que el baño místico de Thor tenga otro fin que el que Chris Hemsworth luzca pectorales (a no ser que lo expliquen en Thor: Ragnarok, cuyo  estreno está previsto en 2017)-. Que el uso de múltiples recursos –personajes, secuencias de acción (aquí son más breves, más rápidas y de mayor número que en el film anterior), arcos dramáticos, guiños a la grada- no acabe por funcionar por acumulación sino por concatenación es puro genio narrativo. El cine de entretenimiento entendido de la mejor forma, siguiendo la tradición impuesta por Star WarsMisión: Imposible, los James Bond de Daniel Craig y los Star Trek de J.J. Abrams. Whedon no nos está invitando a ver una película (que también), sino a una fiesta en toda regla. Y a nosotros sólo nos queda disfrutarlo una y mil veces más.

                                           


Crítica - Vengadores: Infinity War (2018,Joe Russo, Anthony Russo)

Póster de la tercera entrega de la saga Vengadores Hace una década, la llegada de  Iron Man  a los cines no sólo hubo de suponer el ini...